Brócoli, mocos y otras catástrofes no es solo un libro de anécdotas escolares: es un retrato honesto, tierno y, espero que divertido ,de un trabajo tan imprescindible como invisibilizado. Desde el comedor escolar —ese territorio donde el puré puede convertirse en arma arrojadiza y una servilleta en objeto de consuelo—, he intentado recoger las pequeñas historias que rara vez llegan a contarse.
La voz es anónima, pero profundamente colectiva. Podría ser la de cualquier monitora de comedor, cuidadora silenciosa de rutinas, conflictos, lágrimas y risas. Aquí no importan los datos personales, sino la experiencia compartida: la de quienes sostienen el día a día de la infancia sin aplausos ni focos, pero con una paciencia infinita y una cuchara siempre en la mano.
Entre brócolis rechazados, mocos inesperados y catástrofes aparentemente mínimas, el libro construye un archivo emocional de la niñez. Cada episodio, por pequeño que parezca, encierra una victoria, una derrota o una lección.
Leer estas páginas es sentarse en el comedor, observar, reírse (a veces por no llorar) y reconocer la importancia de quienes cuidan cuando nadie mira.
Este libro lo he escrito desde la experiencia y desde la necesidad de homenajear a todas las trabajadoras y trabajadores de ese lugar tan poco reconocido ,tan cotidiano y lleno de humanidad

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