jueves, 3 de mayo de 2012

CADA DIA TIENE SU HISTORIA


Los celtas tenían una isla perpetuamente florida, siempre primavera, llamada Tirnanoge, pero un día al año, todas las hojas de los árboles, todas las flores, todo lo que allí decía el eterno verano, se marchitaba y moría. Una larga tarde silbada de aquilones y una oscura y larga noche surcada por el rayo y tamborileada por el granizo, deshojaba los jardines y ahuyentaba a los ruiseñores. Era el invierno de Tirnanoge, la isla de la eterna juventud, la Florida, volvía a vestir las galas del eterno verano. Según un texto que tengo a mano, solía acontecer esto en los primeros días de agosto.
El día del invierno en Tirnanoge, todos sus habitantes se refugiaban en el hogar del Rey, tomaban brasas del sagrado fuego real en el cuenco de sus manos, y esperaban, sin dormirse, el nacimiento del alba. El que se dormía, ese moría. Y si alguno salía al aire libre, en breves minutos perdía la juventud conservada durante docenas y docenas de años, y entraban de repente en una vejez quejumbrosa y mendicante... Durante siglos esta isla, Tirnanoge, fue buscada por los hombres, y cuando los españoles con Ponce de León, llegaron a la tierra americana que hoy decimos Florida, le dieron este nombre porque creyeron haber hallado la Florida de la imaginación céltica y medieval, la tierra donde la fuente de la eterna juventud manaba, y las aguas corrían sobre un lecho de guijos de oro.
Pero hay noticias de que la verdadera Florida, la isla Tirnanoge de los celtas, se perdió hace ya mucho tiempo en el Atlántico, como un navío herido, con sus jardines, sus enamorados, sus ruiseñores y sus grandes y pacíficos reyes. Dicen que un día, en la isla, un hombre decidió que lo fatigaba tanta juventud, y con la flecha de su arco mató a un tordo que le venía a cantar mañanas a un árbol vecino a su cabaña. Una gota de sangre del tordo muerto cayó sobre una rosa; esta rosa la llevó un mancebo de regalo, pues nunca había visto otra con una mancha tan roja, a la hija del Rey.

La hija del Rey reconoció que aquella roja mancha de la rosa dorada era sangre, y dando un grito la dejó caer. Cayó la rosa sobre el fuego siempre encendido en el hogar del rey, y las brillantes llamas se extinguieron: el sagrado y eterno fuego se convirtió en ceniza. Y este fue el fin de Tirnanoge, la isla de la eterna juventud. Y dice un texto en que ando leyendo que aconteció en un mes de agosto, y reinaba Cadmuín en Bretaña, abuelo de Artús. Hace, pues, mil seiscientos años que esto sucedió.
De no haber acontecido esto, aún pasearían ahora por sus jardines, doncellas enamoradas, Julietas, Desdémonas y Beatrices nacidas hace tres o cuatro mil años, pero que a nuestros ojos serían alegres y tímidas doncellas risueñas, y ese tordo que canta en vuestros jardines, en el trozo mismo frente a la calle de Juana de Vega, cinco mil años llevaría de gentil cantata, y los coruñeses llevarían a los forasteros a oírlo y dirían: «Ese tordo cantor que ahí dice sus trovas, es un tordo de Tirnanoge, que todos los veranos nos visita, y don Ángel del Castillo, cronista de la ciudad, tiene documentos en que se prueba que ya cantaba hace mil años, y no perdió año sin venir a vernos, maestrillo del alegre amor». Grande parte de la juventud y alegría de La Coruña, tiene su origen ahí.
Cada día tiene su historia, Alvaro Cunqueiro (radiado 13 de febrero de 1957 )

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