martes, 17 de abril de 2012

LO QUE ACONTECIÓ A LA MOZA ALDONZA LORENZO EN UNA VENTA DEL TOBOSO


Verdaderamente, si bien se consideran, graves e inauditas cosas vieron estos ojos mios, allá, cuando en mi juventud sirviera como moza en venta de caminos. Más ninguno recuerdo tan claro, como esta que ahora narro  a vuestras mercedes. Y cuento que estando yo haciendo leña en el corral para encender la lumbre, con que caldear el puchero, con que desayunarse los arrieros que pronto habrían de llegar hambrientos y vociferando;parome un momento a tomar aliento de tan arduo trabajo y enjugar con la manga el sudor que a chorros me resbalaba por la frente,cuando,como digo, estando en el  patio de espaldas a la puerta,acercose sin ser visto ni oído aquel extraño personaje que arrodillándose con gran estruendo, dio de golpe su cuerpo en el empedrado, pues no que iba el mamarracho cubierto de lata, como cubo de pozo, desde el cuello hasta los pies, que apenas doblar las corvas podía, por  lo que diose de bruces contra el duro suelo. Corrió otro que con él andaba, un pobre hombre menudo y recio, a socorrerle y conseguir que se hallara en otra postura más decorosa, si decoroso puede llegar a ser un hombre casi anciano ataviado de esa guisa y con ojos de alunado.
Ante mi susto y sobresalto, sé saco el desdichado la bacía de barbero que llevaba colocada en la cabeza y puestas entrambas manos cruzadas sobre el pecho, llamome princesa y señora universal del Toboso y duquesa de la hermosura, entre otros disparates que no atiné a comprender, atónita y turbada como estaba, viendo aquel hombre de rodillas postrado ante mi diciendo  aquellas  palabras.
Yo, sin saber qué hacer ni que decir, miraba ora a este, ora a aquel que lo acompañaba que con gestos me decía que le siguiera la corriente pues el pobre no debía andar sobrado de cordura.
En esto andábamos cuando llegaron los arrieros hasta el corral pues ya era tiempo del yantar, y habiendo un rincón fresquito bajo la parra algunos gustaban de comer allí los días de mas calor.Estos, sentaronse frente a una jarra de vino, atentos a las lisonjas y galanterías con las que el triste esperpento  me requebraba  y no pudieron los del corrillo por menos que hacer burlas y chanzas, primero entre ellos y luego en voz alta, digo yo, que por efecto del  vino.
-¿Talle de mimbre decis?ja,ja,ja mas parece tronco de viña.
-¿A agua de ángeles su  aroma? Jo,jo,jo pues olor a ajos nos da a nosotros en la nariz
Y otras cosas por el estilo que yo disimulaba no escuchar, más el caballero sintiose ofendido por las burlas e hizo ademan de levantarse, pero ni aun haciendo gran esfuerzo podía con sus huesos y pidióle ayuda a su acompañante para ponerse en pie. Y no más pusose derecho arremetió contra los arrieros sacándose torpemente del cinto la espada tomada de orín que en este llevaba y vociferando se fue hacia ellos. Los villanos viendo sobre si aquella figura blandiendo la tizona ante su rostro, tuvieronse por muertos. Tan asustados estaban que consintieron en arrodillarse humildemente ante mí, besaronme las manos ,trataronme de gran señora  y escusaronse  de sus burlas anteriores.
“-Tiempo hay de burlar y tiempos donde  caen  y parecen mal las burlas.”

Y  diciendo esto el hidalgo dio con el pie una gran patada en el suelo señal de la ira que encerraba en sus entrañas. A cuyas palabras y furibundos ademanes  asustaronsé más los arrieros  y se holgaron en aquel instante de poder quitarse de la enojada presencia del caballero, corriendo como alma que lleva el diablo.
El hombre más calmado acercose a mi , cogió mis manos entre las suyas  y las beso con tal vehemencia y pasión que me avergonzó tenerlas tan callosas y renegridas por el hollín de la cocina y las retire presta escondiéndolas bajo el delantal.Arrebolarame su audacia, a mí, acostumbrada a los pellizcos en las nalgas que soportaba de los campesinos y mozos de mulas mientras les servía el condumio.
En esta ceremonia estábamos, cuando entraron en el patio los arrieros injuriados, seguidos de muchos otros avisados estos de que sus compañeros fueron maltratados por aquellos dos hombres, siendo ellos tantos, y acudieron con sus estacas. Cogieron a los dos entre un corrillo y cayeron  sobre ellos estacazos con tan gran ahínco que el caballero rodó primero por el suelo y lo mismo le vino a su amigo sin que le valiese proclamar su inocencia. Tal fue la grita y el alboroto que llegose corriendo  el ventero a poner paz en la pendencia. Salieron los arrieros murmurando blasfemias y quedaronse los dos hombres molidos como alheña, en tan grande estado de decaimiento que diome pena por ellos y mojando mí pañizuelo en la fresca agua del pozo, limpioles las heridas y magulladuras, agradeciéndome grandemente los desdichados tan poca cosa.
Procuró levantarlos del suelo, y no con poco esfuerzo el ventero y preguntoles como habían dado lugar a aquello, pero ninguno respondió palabra, tan  bataneados y descoloridos iban.
Asidos el uno al otro salieron de la venta por donde entraron, más no de la misma manera y nunca mas volví a verlos, ni  por pueblos ni por caminos en mi luenga vida, y preguntome muchas veces que les habría deparado a aquellos dos el destino.
Pues aún hoy, con mis años, medio ciega, sentada bajo la parra en el mismo patio donde transcurrieron los hechos que narro, recuerdo como si fuere ayer mismo, su rostro enjuto, los ojos febriles, el cano pelo enmarañado y el cuerpo dolorido por enfrentarse para defenderme de injurias que solo él veía como mentiras, siendo como eran verdades como  templos; pues verdad es que nunca tuve talle de mimbre y olor a ajos he llevado toda la vida. Pero no fueron sus sentidos los que me vieron, si no su sinrazón y su locura  y con ellas me vieron fermosa como ninguna otra y así lo creyó y así doy palabra que desde aquella jornada me veo yo. Pues nunca, ni antes ni después, fui tratada con tanto agrado, siendo como soy Aldonza Lorenzo, hija de cabrerizo y alcahueta, moza de venta y virgo remendado. Nunca como digo vieronme otros ojos  desta manera, dama de alcurnia, mujer fermosa y señora de ensueños.

( Manuela R.)

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