Los suicidas del fin del mundo-Leila Guerreiro
A finales de los años noventa, en Las Heras, un
pueblo aislado de la Patagonia argentina, ocurrieron los trágicos
acontecimientos que se reconstruyen en Los suicidas del fin del mundo:
una serie de suicidios de adolescentes (se cree que fueron alrededor de 22,
aunque no existe una cifra oficial).
Leila Guerriero viajó allí, investigó durante meses y trabajó con
entrevistas, archivos, testimonios y observación directa. Con un tono contenido
y respetuoso, la autora construye una crónica periodística de lo sucedido:
muestra los hechos sin dramatismos ni morbo. Primero presenta el contexto
social, económico y emocional del pueblo; luego observa, escucha y deja que
sean las voces de los habitantes —padres, amigos, docentes, médicos— de las
víctimas las que vayan construyendo el relato.
Aunque los testimonios se contradicen y se superponen, y dejan más
preguntas que respuestas, la escritora transmite magistralmente la desolación,
la incredulidad, el miedo y las sospechas. No hay una verdad única: todas las
versiones que se nos muestran son parciales e incompletas. Tampoco hay la
consolación de una causa cerrada que permita olvidar y cicatrizar las heridas
con una revelación definitiva de lo que realmente sucedió. El libro deja,
inevitablemente, una sensación de tristeza.
Aun así, es un libro que recomendaría por varias razones: por la escritura
precisa y honesta de la autora, por la magnitud de un drama tan terrible como
misterioso y porque, para mí, un hecho real —aunque haya ocurrido al otro lado
del mundo— es siempre una forma de conocer y dar voz a las víctimas anónimas de
las tragedias.
Aquí se cuenta la historia de dos
hermanas en Lanzarote, cuya rutina infantil se ve marcada por un juego cercano
a un volcán llamado El Ahorcado y mucho más. Lo que comienza como un ritual
inofensivo se transforma en una experiencia que genera miedos, silencios y
culpas, mientras las niñas enfrentan una tragedia que no se narra
explícitamente, sino que se percibe en la intensidad del relato.
La novela se construye a partir de recuerdos, fragmentos de la vida
cotidiana y símbolos para hablar de la infancia y de los traumas sin resolver
que permanecen a lo largo de la vida. La historia funciona más como un espejo
de lo que queda sin decir y de cómo la protagonista procesa su pérdida.
Lo que más me impresionó es cómo la autora transmite tensión y emoción con
recursos mínimos. Cada escena, cada diálogo, por insignificante que parezca,
tiene peso. El ritmo es fragmentario pero coherente: la repetición de acciones,
los detalles cotidianos y las voces que se insinúan construyen un clima que
atrapa.
No es un libro lineal, y su fuerza reside precisamente en eso: obliga al
lector a completar los vacíos y a acompañar a las hermanas en un mundo que se
descompone lentamente. Lo recomendaría por su escritura sobria y precisa, capaz
de transformar lo aparentemente simple —un juego, un paseo— en un relato
profundo sobre la memoria de la infancia.
Nuestra
guía en este libro es un personaje peculiar: una mujer llamada Janina,
independiente, amante de la astrología, defensora a ultranza de los animales y
obsesionada con resolver por su cuenta los misteriosos crímenes.
Pero
no nos engañemos: no es una trama policial tradicional. No hay pistas ni
investigaciones inteligentes; más bien, se construye a través de pensamientos,
actos y relaciones humanas que crean una atmósfera claustrofóbica y difusa.
Tokarczuk
escribe muy bien. Es capaz de enganchar al lector con capítulos breves a una
historia angustiosa e impredecible, donde los personajes son
extraordinariamente realistas y hasta el paisaje funciona como un elemento
activo y vivo.
Me
ha gustado especialmente porque la fuerza del libro reside en la mirada
constante hacia lo ambiguo: nadie es completamente inocente ni culpable, y eso
nos obliga a prestar atención a lo que no se dice tanto como a lo que ocurre y
lo recomendaría por su capacidad de usar un crimen como punto de partida, no
para resolverlo, sino para mostrar las diferencias y conflictos entre los
personajes.

Un verdor terrible es un libro que se sitúa en la frontera
entre la crónica, el ensayo y la ficción. A partir de historias reales del
mundo de la ciencia —como las de Schrödinger, Heisenberg, Gödel o Oppenheimer—,
Labatut explora las tensiones entre el conocimiento extremo y sus consecuencias
éticas, psicológicas y humanas.
No
es una biografía tradicional ni un texto de divulgación científica. Labatut
mezcla hechos con reconstrucciones narrativas, a menudo intensas y fragmentadas,
y lo hace sin delimitar claramente dónde termina la realidad y empieza la recreación.
Eso puede incomodar, porque no hay respuestas claras, solo relatos que muestran
cómo el avance científico también puede abrir puertas peligrosas al pensamiento
y a la humanidad.
Lo
que más destacaría es la manera en que el autor conecta ideas complejas con anécdotas humanas que a veces rozan lo inquietante. Cada
capítulo funciona casi como un cuento independiente y, sin embargo, todos
terminan dejando una sensación de vértigo: los descubrimientos que transforman
el mundo también cambian la forma en que vemos la vida, la muerte y lo
desconocido.
No
es un libro fácil, porque yo, totalmente profana en ciencias, tuve que
prestarle atención completa y aceptar la imposibilidad de comprender en su
plenitud muchas de las nociones científicas que expresa. Pero tiene algo que me
ha encantado: mantiene un pulso narrativo fuerte y un estilo que no se conforma
con simplificar, aunque hace el esfuerzo de expresarse de manera que incluso
las mentes menos familiarizadas con la ciencia podamos seguirlo, aunque sea
parcialmente.



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